Catedrales, respuesta a un nuevo culto
Las catedrales de la vieja Europa, fueron la respuesta del éxito de la nueva religión cristiana que se había extendido por el continente europeo. En ellas se mezclaban y trasformaban las antiguas religiones paganas. Su exterior e interior revelaba una arquitectura cargada de técnicas especiales de construcción y decoradas con una simbología que sólo era conocida por sus constructores.
Las catedrales intentaban simbolizar lo eterno y en servicio de ese fin se construyeron de piedra, para soportar el paso de los siglos. Pese al trascurso del tiempo y las condiciones climáticas adversas: vientos, agua, fuego y de muchos desastres naturales, estas estructuras arquitectónicas han pasado a nuestras manos en un estado de conservación más que envidiable.
Las catedrales, grandes moles artísticas, se mantienen principalmente, gracias a sus grandes muros; crecen hacia lo alto, hacia el cielo, ayudadas por columnas y aun pareciendo imposible para conseguir esta altura, su espacio interior permanece mayoritariamente vacío.
Tienen que tener unas dimensiones colosales para dar cabida al mayor número de creyentes posible y que puedan asistir a los importantes misterios que se realizaran en su interior. Los constructores tenían que sustituir la mayor cantidad de material macizo de los muros por vidrieras que dejaran pasar la luz, iluminando de forma natural el interior. Esta luz, símbolo de la luz del nuevo Dios cristiano que iluminaria las almas de sus fieles.




